martes, 19 de junio de 2012

Las imágenes se pierden en su mirada y la llevan de la mano como una luz hacia el infinito. La confusión es inevitable cuando se siente perdida, en el misterio de lo desconocido. No hay espacio, sólo ella, en ese sitio lejano y solitario. Puede sentir el dolor que desaparece, lentamente, en el silencio. Se aleja de sí como un pájaro sin destino. Acaso precisa ser rescatada y volar acompañada, hacia lo profundo para no eternizarse en el recuerdo desvencijado, un tiempo que no volverá, se ha esfumado como la niebla con el sol de la mañana. Quizá necesita una sonrisa que la llene de gracia en una noche vacía, una caricia que le devuelva la confianza perdida. Tal vez le urge aferrarse a la espera de algo extraordinario, de aquello que brilla en la oscuridad, y destella alegrías. Desea prepararse para lo inevitable, rozar el peligro con manos seguras, zambullirse de lleno y correr el riesgo de ahogarse, o flotar, porque ya no teme al dolor, no teme a ser cortada de nuevo, porque no cree en lo perfecto. Lejos, muy lejos la angustia desaparece...