sábado, 4 de julio de 2015

Cronología de una muerte inesperada

El cielo de tus ojos se fue apagando de a poco, casi intermitentemente, entre gritos desesperados. El dolor florecía en mí al contemplarte, y el horror de verte degradarte frente a mis ojos se converteían en la fuerza de mis sentidos, en la aceptación triste y enfurecida y en el carpe diem de mi esperanza perdida, en el acompañamiento que olía a amarga despedida, y en la espera de un cambio sin cambio. Cada hora, cada día, fue una espera sin espera, una caricia, una mirada de consuelo, una compañía desesperante. Te resististe a iniciar el viaje, por miedo, por incertidumbre, por terror, pero el tiempo, cruel amigo,te arrastraba lentamente hacia él y hacia a tus demonios. La palabra te abandonó, de a poco, y el silencio se apoderó de vos, de tus días, de tu insistente resistencia a la negra partida. Ya no existían palabras entre nosotros, sólo guiños pícaros, como si, en tus últimos instantes, hubieras anhelado una última cómplicidad. Pocos momentos de conversaciones profundas hemos tenido, pero esos, quedarán para siempre guardados en mi recuerdo frágil y oscuro. Nuestra relación fue una paradoja constante: risas y tristezas, melancolía y enojo, reproches y resignaciones. La música eclosiona en mí y la palabra mezquina se resiste a salir. En este día gris. Mi dolor recobra su gritó, de vez en cuando, una vez más. Recordé que había entrado por la puerta del frente para quedarse. Su voz permanecerá para siempre en mi garganta. Despedida larga y desesperada incertidumbre. Quien fui, pequeña niña-mujer, se perdió con él y con las últimas hojas amarillas. No proliferaron lágrimas porque el tiempo fue ganado. Y aunque no hubo regalo para un último adiós, recordé que se hilaba día a día, sin que lo hubiera pedido junto a la agonía en sus ojos marchitos y en su quejido de muerte y aún, la gota de lágrima se enfría en los ojos. Te perdí finalmente, y muchas preguntas quedarán sin respuestas en el tiempo desvencijado. Se atenuarán cicatrices, pero otras se marcarán otra vez. Te quiero ojitos de cielo, que eternamente brillarán en mi memoria. Y al fin te convertiste en esa estrella que titila a lo lejos.

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